sábado , 23 septiembre 2017

Atrapando Recuerdos

Ahora que estoy disfrutando de mi jubilación, aquella que tan lejana parecía cuando había entrado a trabajar en la Usina Sorrento hace treinta y seis años, cerré una etapa de mi vida con tantos recuerdos y amigos que aún frecuento para recordar momentos felices que pasamos juntos; así como también aquellos dolorosos y difíciles que atravesamos durante la privatización de la Usina donde muchos compañeros quedaron sin trabajo. Donde aprendí que la vida no es justa ni injusta, es simplemente vida y debemos estar preparados para vivirla.

El 19 de enero llegué a la casa de mis padres para cerrar otra etapa de mi vida. Jugué a cerrar los ojos y a percibir el aroma a jazmín del jardín que identificaba territorio conocido, pero sabiendo que nadie estaba esperando para recibirme. Al abrir la puerta pensé: “por fin terminé”. Uno nunca sabe cuánta cosas hay en una casa hasta que realiza una mudanza. A pesar de que ésta sólo consistía en repartir todas las cosas. Era la casa donde viví hasta los 29 años y que dejé cuando me casé; ya antes había partido mi hermana, la Negrita, pero allí siguieron viviendo mis padres hasta que fallecieron. Primero mi papá, y ahora que falleció Amelia, mi mamá, la casa quedo sola. La vamos a alquilar o vender, aún no lo tenemos resuelto con mi hermana. Los muebles y otras cosas las repartí entre mis sobrinos e hijos, así, de esta manera, no se irían de la familia. Las fotos, cartas y revistas quedaron embaladas y las guardé a salvo de extraños, pero pensando ¿quién las cuidará cuando yo no esté? Pero bueno, tendría que buscar entre mis hijos alguien que las quiera conservar, hasta pensé que debería escribir atrás de las fotos algo para identificarlas: los nombres, las fechas y los lugares para que no pasara como ahora que al tener muchas fotos no sé quiénes eran y se perdieron en el olvido muchos recuerdos de la familia que había en ellas. Eso no debía volver a suceder, esto me dejaba un poco triste. Creo que si se fotografiaron era porque querían que los recuerden y éste era el verdadero fin; no concibo fotos sin recuerdos, nadie puede escapar a eso, cuando las miras enseguida se desprenden de ellas el momento vivido y queda el tiempo atrapado.

Luego de recorrer la casa comprobé que no quedaba nada dentro de ella, estaba completamente vacía. Metí la mano en el bolsillo, toqué la llave, ya es la hora de partir. Miré las paredes, recorrí por última vez mi habitación. Pasé por el baño, crucé la cocina y me dirigí a la puerta de salida. Justo cuando iba a abrirla para irme escucho voces. Primero una, luego varias. Me alarmé, venían del patio. “No puede ser” -pensé- “vieron la casa desocupada, saben que ya no vive nadie y vienen a usurparla”. ¡Lo único que me falta!, ¡para colmo ahora se escuchan varias voces, hasta de niños! Rápidamente busqué las llaves del pasillo, me dirigí al patio para tratar de evitar que se instalen. Presuroso abrí la puerta, contemplé el pasillo por el cual tantas veces había entrado con mi bicicleta cuando era niño, por fin llegué, miré el patio y me sorprendí. No había nadie. Sólo una pequeña brisa de viento y el trinar de los pájaros. Supongo que podían estar escondidos en el viejo galpón de herramientas, me dirigí hacia allí pero lo encontré tan vacio como lo había dejado. En el lavadero tampoco encontré nada. ¿Me habré confundido con las voces de los vecinos? Sí, eso fue, pero que tonto soy. Cuando me disponía a cerrar la puerta del pasillo volví a escuchar voces, éstas eran claras y provenían de adentro de la cocina. No cabían dudas. Sigilosamente me fui acercando. Esta vez no van a poder esconderse o usar el truco anterior, no sé cuál fue pero fue muy bueno. Hasta voy a poder escuchar lo que dicen, así sabré qué se traen entre manos. Sea lo que sea no van a quedarse. Abrí la puerta y entré lentamente al comedor. Me agaché y me escondí detrás de la parecita que divide la cocina del comedor de donde provenían las voces, ese lugar me pareció ideal, ellos no me verían y los podría oír tranquilamente. Luego de varios minutos puedo levantarme y decirles quien soy y que solo quiero que se vayan. Comprendo que están pasando una difícil situación al no tener un techo para vivir, pero aquí no pueden hacerlo, no es la manera. Bien pegado a la parecita agudicé el oído esperando no tener que escuchar que eran mala gente. Al principio no entendía bien lo que conversaban los mayores dado que había bullicio de dos chicos jugando hasta que por fin ví la sombra de un chico que pasaba con una pelota a jugar al patio. Hasta las llaves tenían, ¡qué bien organizado están! No son improvisados, lo tienen todo planeado. Entonces escuché claramente: “¡¡sólo un rato jueguen y cuidado con la pelota!! ¡¡Pueden romper las macetas!! ¡¡¿Por qué no van a jugar a la calle?!!” alguien gritó desde la cocina. El nene que pasó primero ya estaba en el pasillo y llamaban al otro. “¡Dale Víctor! Vení así empezamos.””Ahora voy” contestó el otro. Y ví nuevamente pasar la sombra de un chico. Recordé a mi amigo Víctor, que vivía enfrente de mi casa, el hijo de doña Delia, amiga de mi mamá y me sonreí; por lo menos esta situación tiene recuerdos agradables después de todo, hace mucho tiempo que no veo a mi amigo radicado en España y ya vagamente recuerdo su rostro. Bueno, no hay que distraerse y me esforcé por tratar de saber qué se traía entre manos esta gente, que por lo visto estaban ya muy cómodos en mi casa. Al principio creí reconocer algunas voces, ¿será que algún vecino aprovechó la situación? Ellos sabían que yo la estaba vaciando. No, no, no puede ser, los conozco de toda la vida, ellos jamás harían eso. Pero quizás algún vecino nuevo…, pero claro, si casi ya no queda ninguno de aquellos antiguos vecinos, son muy pocos, si tenían la misma edad de mis viejos. Me levanté lentamente para escuchar mejor, esa risa…, se están riendo, qué parecida a la de doña Delia, no puede ser. Comencé a escuchar más nítidamente y un frío sudor me recorrió el cuerpo. Esa voz es de mi tía Carmen, escucho la voz de mi mamá, mi viejo que opina y enciende la radio y todos levantan la voz. ¿Me estaré volviendo loco? ¿O quizás estaré soñando? Me pellizco, no estoy soñando, pero son sus voces y risas, pero ¿qué está pasando? Tomo un poco de coraje y salgo de mi escondite, cuando me estoy incorporando suena el timbre. Alguien llama a la puerta, igual yo ya me levanté y voy a la cocina. Al entrar, otra vez vacía. No hay nadie. No puede ser, si estoy seguro de haber escuchado todo. Nuevamente el timbre suena, me siento aturdido, no comprendo lo que sucede pero me dirijo como un autómata a la puerta de entrada. Ya veo que al abrir no hay nadie. Giro la llave rápidamente y abro.
-: Hola Juancho – me dice un hombre gordito, calvo y con una barba incipiente – soy Ceferinio.
Tardo en reconocerlo, es un vecino que vivía al lado de mis amigos los Casaña que ya no viven más. Estaba muy viejito,se sostenía con un bastón.
-: ¿Qué tal? Disculpe no lo había reconocido.
-: ¿Estás bien? Me dice
-: Sí. Un poco triste por dejar la casa.
-: Y sí, cuesta. Me contesta
-: Fueron muchos años, lo invitaría a pasar pero la casa está vacía, ni una silla tengo.
-: Ya lo sé -me responde apoyado en el cantero de la entrada- te estaba esperando. El Gigi me contó que era probable que hoy vinieras porque ya terminaste de sacar todas las cosas. Así que me levanté, hace días que estoy acostado, no me siento bien, pero quería entregarte algo muy importante que no voy a usar más y al ver el auto estacionado supe que estabas y me alegré. Creí que no llegaba y me hubiera apenado mucho, te quiero regalar algo que me traje de Italia hace muchos años, me lo dio un viejito antes de morir. El era un inventor medio loco, el loco del pueblo, vivía solo en una gran casa que fue de sus padres, vos sabes, la guerra es horrible y a veces no sabemos lo terrible que es. Erminio, o el loco Erminio para los más jóvenes, le gustaba conversar conmigo, yo iba porque lo veía alegre a pesar de que la guerra le había quitado a sus dos hermanos. Se caso y vivió con su esposa e hijo en la casa de sus padres, pero hacía años que estaba viviendo en soledad, su hijo y nietos fallecieron en un accidente y su mujer luego enfermó y murió. Un día me mandó llamar, yo sabía que estaba enfermo pero se negaba a ir a un hospital, decía que estaba enfermo de vejez y eso no tenía cura. Al verme me comenta que tenía un regalo para mí, yo le dije que no necesitaba nada y que lo apreciaba mucho, el me contestó que ya no la iba a seguir usando y que esto le permitió vivir muchos años disfrutando recuerdos. Y yo le pregunté: ¿son fotos? No, me contestó, algo mucho mejor. Es mi mejor invento, algo que trabajé por mucho tiempo hasta lograrlo. Acá tengo los recuerdos y voces de todos los que vivieron en esta casa, me dijo y me mostró una caja cuadrada de ébano lustrada con dos compuertas, una arriba con corredera y otra, más pequeña, al costado ovalada. Sé que crees que estoy loco, me dijo, pero vení, me hizo entrar a su cuarto y sentarme. Luego me indicó: tomá la caja, cerrá los ojos y abrí lentamente la tapa de arriba y escuchá. Lo hice y escuché voces, creí que era una broma, que había gente escondida. Entonces me dijo: escuchá, ésa, es la voz de mi madre; ésas, son las voces de mis tíos, hermanos, de todos aquellos que vivieron en mi casa. Claro que dura poco tiempo, no pude extenderlo más, me faltó tiempo para perfeccionarla. Te la regalo, ya no la voy a necesitar; vení a buscarla el martes que ya voy a tener la caja vacía. Volví el miércoles y me encontré con la noticia de que había fallecido. El cura del pueblo se me acercó y me dijo que tenía algo para darme que le entregó Erminio. Era la caja . Juancho- me dijo seriamente Ceferino- esta caja realmente funciona, y quiero entregártela para que vos la disfrutes. Tomá, acá está con la nota que son las instrucciones de su uso.

Entonces saca de una bolsa la caja de ébano con la tapa de arriba abierta junto a un papel doblado, me la entrega y con sus manos aprieta fuertemente las mías que sostenían la caja y se vá. Desdoblo el papel y en él dice: “Sólo para utilizar al momento inmediato de dejar una casa. Se pueden atrapar recuerdos en esta caja pero para ello no debe dejar transcurrir el tiempo sino los recuerdos se pierden. Se debe dejar abierta la abertura ovalada de la caja dentro de la casa y transcurridas 24 hs se debe cerrar. Cuando quieras oír las voces debes abrir la tapa corredera de arriba. Cuando quieras que desaparezcan debes abrir la tapa ovalada, pero recuerda, no los podrás recuperar.”

Me cuesta creer todo lo que está pasando este día. Vuelvo a entrar a la casa, y en la sala no encuentro a nadie. ¿Dónde podrían esconderse si acá no hay ni siquiera muebles? Tengo que irme, no sé qué hacer con la caja que me dio Ceferino ¿realmente funcionará? Dejo la caja de ébano con la tapa abierta en el piso y me voy. Al otro día al regresar a buscarla, siguiendo las instrucciones, la cerré y al salir mi tía Juana, me llama y me comenta que anoche falleció Ceferino.
Hoy ya han pasado muchos años pero cada tanto me encierro en mi cuarto, cierro los ojos y escucho las voces que habitaban mi casa, hasta escucho las voces de mis amigos y disfruto de hermosos recuerdos. También pienso que llegado el momento tendré que contar esta historia a mis hijos para que ellos no dejen escapar los recuerdos de nuestra casa, así los Portela, este es mi apellido, siempre guarden esta caja de ébano como un tesoro secreto.

Armando J. Portela
Afiliado Nº 5585

Facebook

Get the Facebook Likebox Slider Pro for WordPress